Las elecciones de 2026 abren una etapa marcada por modernización, preparación progresiva de la sucesión, desafíos sociales, presión migratoria y el horizonte estratégico del Mundial de 2030
Las elecciones de 2026 abren una etapa marcada por modernización, preparación progresiva de la sucesión, desafíos sociales, presión migratoria y el horizonte estratégico del Mundial de 2030

Las elecciones legislativas del 23 de septiembre han abierto una nueva etapa política en Marruecos. El Partido Autenticidad y Modernidad (PAM) obtuvo 97 de los 395 escaños de la Cámara de Representantes, por delante de la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), Istiqlal y el Partido Justicia y Desarrollo (PJD). Seis días después, Mohamed VI encargó a Fatima Ezzahra El Mansouri la formación del Gobierno, convirtiéndola en la primera mujer al frente del Ejecutivo marroquí.
El nombramiento de Fatima Ezzahra El Mansouri introduce una importante novedad. Abogada, ministra de Ordenación Territorial y Urbanismo en el Gobierno anterior, alcaldesa de Marrakech y dirigente del PAM, posee una trayectoria plenamente integrada en las instituciones del país. Al mismo tiempo, proyecta una imagen de modernización, renovación generacional y transformación política.
Su llegada a la jefatura del Gobierno permite modificar significativamente la imagen del poder sin alterar las estructuras fundamentales sobre las que descansa el sistema. También resulta relevante la trayectoria del propio PAM. Fundado en 2008 con participación, entre otros, de Fouad Ali El Himma, posteriormente consejero real y figura próxima a Mohamed VI, el partido ocupa ahora una posición central dentro del nuevo equilibrio político.
El Gobierno de El Mansouri representa así una combinación de cambio y continuidad que refuerza el protagonismo de una nueva generación política, sin romper con las grandes prioridades estratégicas de la monarquía.
La cuestión central no es únicamente quién gobernará Marruecos tras las elecciones, sino qué modelo de país se está configurando con la mirada puesta en 2030. Durante los próximos cuatro años coincidirán tres procesos de especial relevancia: la renovación política, la transformación económica y de las infraestructuras —acelerada por la preparación del Mundial de Fútbol de 2030— y la progresiva incorporación del príncipe heredero Moulay Hassan a mayores responsabilidades institucionales. La convergencia de estos tres procesos convierte el periodo 2026-2030 en una etapa especialmente significativa para la evolución futura del país.
En estos momentos no existen evidencias públicas suficientes para hablar de una transferencia efectiva de poder hacia Moulay Hassan. Mohamed VI continúa ejerciendo sus prerrogativas constitucionales y ha dirigido personalmente el proceso institucional posterior a las elecciones.
Marruecos no parece haber entrado todavía en una fase formal de relevo monárquico, aunque sí pueden observarse señales de una preparación gradual del heredero. La creciente presencia de Moulay Hassan junto al monarca en actos institucionales refleja una progresiva incorporación a espacios de representación y responsabilidad.
Dentro de esta nueva arquitectura política destaca la figura de Fouzi Lekjaa, ministro delegado encargado del Presupuesto, presidente de la Federación Marroquí de Fútbol y uno de los principales responsables de la preparación del Mundial de 2030. Incorporado al PAM poco antes de las elecciones, Lekjaa ocupa una posición singular en la que confluyen la gestión de los presupuestos públicos, las grandes inversiones en infraestructuras, el fútbol, la organización del Mundial y la creciente proyección internacional de Marruecos.
El Mundial organizado conjuntamente por España, Portugal y Marruecos será mucho más que un acontecimiento deportivo. Puede convertirse en uno de los principales aceleradores de la transformación económica del país durante esta década.
El proyecto implica inversiones en estadios, aeropuertos, ferrocarriles, carreteras, transporte urbano, hoteles, telecomunicaciones, renovación de ciudades y expansión turística. En este sentido, 2030 se configura como un horizonte estratégico nacional que culmina varias décadas de creciente proyección marroquí en África y de modernización interna. Para el Estado representa una oportunidad para reforzar internacionalmente una imagen de estabilidad, capacidad organizativa, desarrollo económico y liderazgo regional.
Para Moulay Hassan, que tendrá 27 años en 2030, el Mundial puede convertirse además en uno de los grandes escenarios internacionales de la generación llamada a desempeñar un papel central en el futuro de la monarquía.
Sin embargo, este gran proyecto de modernización contiene una contradicción importante. Mientras Marruecos construye infraestructuras y se prepara para organizar uno de los mayores acontecimientos deportivos del planeta, una parte significativa de la población continúa preocupada por problemas cotidianos como el empleo, la vivienda, la educación, la sanidad, la desigualdad y la falta de oportunidades económicas.
Las elecciones han vuelto a mostrar esa distancia. La participación electoral se situó en torno al 38%, con una abstención cercana al 62%, la más elevada desde 2007. Aunque la baja participación no constituye un fenómeno nuevo, adquiere especial relevancia en un momento en que el Estado impulsa una transformación económica y urbana de gran envergadura.
Conviven así dos realidades. Por un lado, un Marruecos institucional que mira hacia 2030, construye infraestructuras, atrae inversiones, moderniza sus ciudades y amplía su presencia internacional. Por otro, amplios sectores sociales que no siempre perciben esa transformación como una mejora directa de sus condiciones de vida.
El éxito del proyecto 2030 dependerá, en buena medida, de la capacidad para reducir esa distancia. Si las inversiones generan empleo, mejoran la movilidad, amplían las oportunidades económicas y fortalecen los servicios públicos, el Mundial podrá convertirse también en un instrumento de cohesión nacional. Si, por el contrario, una parte de la población percibe que existen grandes recursos para infraestructuras y acontecimientos internacionales mientras permanecen sin resolver problemas esenciales de la vida cotidiana, la modernización podría convertirse en una nueva fuente de descontento social.
La presión migratoria registrada en Ceuta durante el verano de 2026 introdujo otro elemento relevante en el análisis. No existen evidencias suficientes para relacionar aquel episodio con una estrategia sucesoria del Palacio ni con los cambios políticos producidos posteriormente en Marruecos. Sí puso de manifiesto, sin embargo, la capacidad de las redes sociales para movilizar rápidamente a sectores de población joven ante la expectativa de alcanzar territorio europeo. En torno a aquellos acontecimientos surgieron también diversas interpretaciones sobre la posible actuación de responsables o agentes vinculados a estructuras del Estado marroquí, aunque la información disponible no permite establecer de manera concluyente esa relación.
Ceuta adquiere así una doble dimensión. Continúa siendo una cuestión fronteriza de relevancia europea y uno de los asuntos más sensibles de la relación bilateral entre España y Marruecos, pero al mismo tiempo refleja algunas de las tensiones sociales existentes en el país vecino. Las expectativas de una población joven que demanda empleo, oportunidades y mejores condiciones de vida forman parte del contexto interno en el que se desarrolla la nueva etapa política marroquí.
A esta dimensión social se añade una cuestión especialmente sensible para España: la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla. En este sentido, la anunciada visita de los Reyes de España a ambas ciudades los días 13 y 14 de octubre introduce un elemento diplomático relevante en las relaciones hispano-marroquíes después de las elecciones. Marruecos mantiene históricamente su reivindicación sobre ambas ciudades, por lo que una visita de Felipe VI posee una dimensión política que trasciende el carácter institucional del viaje.
La primera señal significativa ha sido la ausencia inicial de una reacción oficial contundente por parte de Rabat. Este comportamiento contrasta con el precedente de 2007, cuando la visita de Juan Carlos I provocó una fuerte protesta del Gobierno marroquí y la llamada a consultas de su embajador en Madrid. No obstante, el silencio inicial de Rabat no permite anticipar cuál será finalmente la posición marroquí ni las consecuencias que pueda tener el episodio para la relación bilateral.
Ceuta y Melilla constituyen, por tanto, un elemento adicional dentro de una relación hispano-marroquí caracterizada simultáneamente por la cooperación estratégica y por la persistencia de determinadas cuestiones territoriales. La evolución de esta relación mostrará hasta qué punto Marruecos puede compatibilizar una reivindicación profundamente arraigada en su discurso nacional con la preservación de sus crecientes vínculos económicos, políticos y estratégicos con España y, por extensión, con la Unión Europea.

Marruecos no ha iniciado, según las evidencias disponibles, una sucesión monárquica, pero sí parece avanzar en la preparación progresiva de las condiciones políticas, institucionales y económicas que facilitarían la continuidad cuando llegue ese momento.
Las elecciones, el nombramiento de Fatima Ezzahra El Mansouri y la creciente presencia institucional de Moulay Hassan adquieren mayor significado dentro de este proceso. Sin embargo, la estabilidad futura del país no dependerá únicamente de lo que ocurra en el Palacio. La elevada abstención, las dificultades económicas de una parte de la población y la persistencia de la presión migratoria reflejan también una sociedad cuyas expectativas están cambiando.
Marruecos aspira a llegar a 2030 como un Estado más moderno, competitivo y con mayor proyección internacional. El verdadero alcance de esa transformación dependerá, sin embargo, de su capacidad para convertir las grandes inversiones y la modernización económica en empleo, oportunidades y expectativas de futuro.
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