De las urnas saldrá una orientación política para la mayor potencia latinoamericana
De las urnas saldrá una orientación política para la mayor potencia latinoamericana

Brasil se prepara para unas elecciones que trascienden ampliamente sus fronteras. El próximo 4 de octubre, cerca de 159 millones de ciudadanos estarán llamados a las urnas para elegir al presidente de la República, renovar el Congreso y decidir los gobiernos de sus estados. Si ningún candidato presidencial alcanza la mayoría absoluta de los votos válidos, la segunda vuelta tendrá lugar el 25 de octubre.
La importancia de estas elecciones no reside únicamente en la competencia entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. Brasil es la mayor economía de América Latina, uno de los principales productores agrícolas del planeta, una potencia energética y minera y el país que alberga la mayor extensión de la Amazonia.
Con una población estimada de 214,2 millones de habitantes en 2026, constituye un actor fundamental en el G20, los BRICS y Mercosur. Su orientación política influye en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, en la creciente presencia económica de China y en las posibilidades de cooperación entre las grandes economías emergentes.
Sin embargo, existe otra realidad que las cifras no reflejan completamente: Brasil es una sociedad profundamente diversa, con enormes diferencias económicas, territoriales, culturales y sociales.
Las elecciones brasileñas tienen una característica importante: el voto es obligatorio para la mayoría de los ciudadanos entre 18 y 70 años. Esta circunstancia convierte cada convocatoria electoral en una movilización nacional de extraordinarias dimensiones.
Brasil no constituye un electorado homogéneo. El nordeste, tradicionalmente vinculado al Partido de los Trabajadores, presenta una importante implantación de las políticas sociales desarrolladas durante los gobiernos de Lula. En el sur y en determinados sectores del sudeste, las opciones conservadoras mantienen una presencia significativa. Estas diferencias territoriales se combinan con las desigualdades de renta, educación y acceso a los servicios públicos.

La edad constituye otra variable fundamental. Brasil está experimentando una transición demográfica en la que disminuye el peso relativo de las generaciones más jóvenes y aumenta progresivamente la población adulta y mayor. En este contexto, las pensiones, la sanidad, el empleo, la vivienda y el poder adquisitivo adquieren así una relevancia creciente.
La religión desempeña también un papel relevante en la política brasileña: junto a una de las mayores poblaciones católicas del mundo, las iglesias evangélicas han ganado peso social y capacidad de movilización electoral. Aunque una parte importante de este electorado se identifica con posiciones conservadoras, su comportamiento no es homogéneo, por lo que las principales candidaturas compiten activamente por su apoyo.
Las mujeres constituyen otro grupo fundamental del electorado brasileño. Representan aproximadamente el 53 % de los votantes y sus preocupaciones sobre empleo, protección social, igualdad y violencia de género forman parte de la campaña, aunque su importancia electoral continúa siendo muy superior a su representación en numerosas instituciones políticas.
La competición presidencial reproduce buena parte de la división política que caracteriza a Brasil desde hace más de una década. Lula da Silva representa la continuidad del proyecto político del Partido de los Trabajadores, fundamentado en la protección social, la intervención pública en la economía, la defensa del empleo y una política exterior que busca preservar la autonomía internacional brasileña. Su trayectoria está estrechamente vinculada al movimiento sindical y a las transformaciones sociales experimentadas por Brasil durante sus anteriores presidencias.
Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, representa la continuidad electoral del bolsonarismo. Su candidatura combina posiciones conservadoras en cuestiones sociales, un discurso centrado en la seguridad pública y propuestas favorables a una mayor proximidad política con Estados Unidos.
La situación de Jair Bolsonaro, condenado por su participación en el intento de alterar el orden constitucional tras las elecciones de 2022, introduce una circunstancia singular, debido a que el bolsonarismo afronta una transición desde el liderazgo personal de su fundador hacia una organización política capaz de mantener su identidad electoral bajo una nueva dirección.
La campaña incluye otras candidaturas, como las de Augusto Cury, Ronaldo Caiado, Renan Santos y Romeu Zema, que representan diferentes sensibilidades políticas y pueden influir en la distribución del voto.
Las encuestas permiten identificar una competencia presidencial concentrada principalmente entre Lula y Flávio Bolsonaro. El estudio AtlasIntel/Bloomberg publicado el 23 de septiembre, realizado entre el 17 y el 22 de septiembre con 5.015 entrevistados, registra un 45,8 % de intención de voto para Lula y un 43,4 % para Flávio Bolsonaro en primera vuelta.
En una simulación de segunda vuelta, los porcentajes son del 47,7% y el 47,4%, respectivamente. La diferencia de tres décimas se encuentra dentro del margen de error de un punto porcentual.
Otros institutos presentan resultados que también reflejan una competencia ajustada. Datafolha registró el 17 de septiembre un 46% para Lula y un 44% para Flávio Bolsonaro en una eventual segunda vuelta. Quaest, en su estudio publicado el 21 de septiembre, situó a Flávio en el 42% y a Lula en el 41%, con un margen de error de dos puntos.
En general, los sondeos describen un electorado muy dividido, pero no constituyen resultados electorales. Las diferencias metodológicas entre institutos y la evolución de las preferencias durante la campaña impiden convertir estas cifras en una conclusión anticipada.
Las diferencias sociales y territoriales del voto ayudan a comprender esta división. Lula registra un respaldo significativo entre los sectores de menores ingresos y en el nordeste. Flávio Bolsonaro obtiene apoyos importantes entre los evangélicos, los electores del sur y determinados sectores de renta media y alta.
El comportamiento de los votantes de las candidaturas minoritarias y de quienes todavía no han decidido su voto será una de las cuestiones que observar durante los últimos días de campaña.
La atención internacional suele concentrarse en la Presidencia, pero las elecciones brasileñas incluyen otra disputa institucional de enorme importancia. El 4 de octubre se renovarán 54 de los 81 escaños del Senado, los 513 diputados federales y los gobiernos de los 27 estados y del Distrito Federal.
La renovación de dos tercios del Senado puede modificar considerablemente la composición de una institución que participa en nombramientos estratégicos y desempeña funciones esenciales dentro del equilibrio constitucional brasileño.
El sistema político de Brasil se caracteriza por una elevada fragmentación partidista. Gobernar exige habitualmente establecer acuerdos entre diferentes formaciones parlamentarias. En ese escenario adquiere especial importancia el denominado Centrão, conjunto de partidos cuya actuación se caracteriza por la negociación de acuerdos parlamentarios y su participación en las coaliciones de gobierno.
Por ello, resulta insuficiente analizar las elecciones únicamente como una competición presidencial, debido a que la gobernabilidad posterior dependerá también de la relación entre el Ejecutivo, las cámaras legislativas y los gobiernos estatales.
Brasil llega a las elecciones con una economía que mantiene el crecimiento, aunque presenta señales de desaceleración. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, el PIB creció un 0,5% durante el segundo trimestre de 2026 respecto al trimestre anterior y un 2% en términos interanuales. La inflación acumulada en los doce meses hasta agosto se situó en el 4,22%, mientras el elevado coste del crédito continúa condicionando las decisiones de consumo e inversión de empresas y familias.
En este contexto, las diferencias regionales, la desigualdad de ingresos, el trabajo informal y las dificultades de acceso a determinados servicios públicos siguen condicionando la vida cotidiana.
Lula defiende la continuidad de sus programas sociales y de sus políticas de empleo y protección de las rentas familiares. La oposición cuestiona distintos aspectos de la política fiscal y económica del Gobierno, especialmente el gasto público, los impuestos y la sostenibilidad financiera.
La seguridad constituye uno de los grandes factores de las elecciones brasileñas. La criminalidad organizada ha dejado de ser únicamente un problema de violencia interna para convertirse en una cuestión estructural que afecta al control territorial, al sistema penitenciario, a la economía ilegal y a la capacidad del Estado para ejercer su autoridad.

La extraordinaria extensión de Brasil, sus fronteras con diez países sudamericanos y su amplia fachada atlántica convierten al país simultáneamente en mercado consumidor, territorio de tránsito y plataforma internacional del narcotráfico. Esta posición geográfica facilita la conexión de las redes criminales brasileñas con Paraguay, Bolivia, Perú y Colombia y, a través del Atlántico, con África occidental y los mercados europeos.
El Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV) han evolucionado desde sus orígenes penitenciarios hasta convertirse en organizaciones con capacidad logística, financiera e internacional. Sus actividades incluyen tráfico de drogas y armas, extorsión, contrabando, blanqueo de capitales, penetración en actividades legales y control territorial.
La Amazonia constituye uno de los escenarios más complejos por la convergencia de narcotráfico, minería ilegal, tala clandestina y contrabando, favorecidos por la limitada presencia institucional y los corredores transfronterizos.
Aunque Brasil ha reducido significativamente los homicidios (Atlas de la Violencia 2026 registró 42.590 homicidios durante 2024) persisten cifras elevadas, fuertes diferencias territoriales y una creciente expansión del crimen organizado hacia ciudades medias, pequeñas localidades y nuevas rutas logísticas.
Esta preocupación ha llegado también al terreno electoral, con medidas destinadas a impedir la participación de candidatos presuntamente vinculados con organizaciones criminales y un debate creciente sobre la protección de las instituciones.
La seguridad constituye uno de los principales puntos de diferencia entre los candidatos. Lula apuesta por una mayor coordinación entre administraciones, integración de inteligencia policial y persecución de las estructuras financieras del crimen organizado. Flávio Bolsonaro propone un mayor endurecimiento penal y penitenciario, más presencia militar en las fronteras y la consideración del PCC y el CV como organizaciones vinculadas al narcoterrorismo.
La criminalidad organizada debe analizarse, por tanto, no solo como un problema policial, sino como un factor político, económico y geopolítico. La capacidad del próximo Gobierno para controlar territorios y fronteras, perseguir los flujos financieros ilícitos y reforzar la cooperación internacional será una prueba decisiva de la fortaleza institucional de Brasil.
Brasil afronta también una transformación de sus campañas políticas. Las redes sociales y los servicios de mensajería se han convertido en instrumentos fundamentales para difundir propuestas, movilizar simpatizantes y establecer comunicación directa con los ciudadanos. La inteligencia artificial introduce nuevas posibilidades, pero también importantes riesgos.
El Tribunal Superior Electoral ha establecido criterios para identificar determinados contenidos manipulados mediante inteligencia artificial y ha desarrollado normas sobre su utilización en la propaganda electoral.
El desafío democrático consiste en garantizar que los ciudadanos puedan distinguir entre información, opinión, propaganda y manipulación.
La cuestión adquiere especial relevancia en una sociedad políticamente dividida, donde los contenidos engañosos pueden reforzar prejuicios y dificultar el debate público.
La política exterior constituye uno de los aspectos más relevantes de estas elecciones. Brasil mantiene relaciones económicas y diplomáticas con las principales potencias internacionales y dispone de recursos estratégicos que le otorgan un considerable margen de actuación.
China es uno de sus principales socios comerciales y un destino fundamental para sus exportaciones agrícolas, minerales y energéticas. Estados Unidos continúa siendo un interlocutor esencial en los ámbitos económico, financiero, tecnológico y de seguridad.
La Unión Europea representa otro socio importante, especialmente por sus relaciones comerciales, sus inversiones y las negociaciones con Mercosur. La cuestión es cómo preservar la capacidad de decisión brasileña en un sistema internacional caracterizado por una creciente competencia entre grandes potencias.
Lula ha defendido una política exterior basada en la autonomía estratégica, el multilateralismo, el fortalecimiento de los BRICS y una mayor participación del Sur Global en las instituciones internacionales. Por su parte, Flávio Bolsonaro plantea una orientación de mayor proximidad política con Estados Unidos y con otros gobiernos conservadores, aunque los intereses económicos de Brasil con China constituyen un componente estructural de sus relaciones internacionales.
La internacionalización de la campaña quedó especialmente visible el 22 de septiembre, cuando Lula intervino ante la Asamblea General de Naciones Unidas denunció las injerencias extranjeras y defendió la soberanía brasileña. También abordó las relaciones con Washington y la cooperación internacional contra el crimen organizado, rechazando que esta última sirva de justificación para intervenciones extranjeras.
Por otra parte, la presencia del presidente argentino Javier Milei en actos políticos vinculados a Flávio Bolsonaro añade otra dimensión regional a la campaña, debido a que para Brasil, la relación con Argentina es especialmente importante por su influencia sobre Mercosur y la integración sudamericana.
El resultado electoral abrirá diferentes posibilidades políticas cuya configuración dependerá tanto de la Presidencia como del Congreso. Una continuidad del Gobierno de Lula supondría mantener sus principales orientaciones económicas, sociales y diplomáticas, aunque la capacidad para desarrollar nuevas iniciativas dependería de los acuerdos parlamentarios.
Una presidencia de Flávio Bolsonaro introduciría una orientación política diferente, especialmente en materia de seguridad, política social y relaciones internacionales, igualmente condicionada por la composición del Congreso y las competencias de las demás instituciones.
En ambos casos, el próximo Ejecutivo deberá afrontar problemas estructurales que no desaparecen con un cambio de Gobierno: desigualdad, productividad, criminalidad organizada, sostenibilidad fiscal, protección ambiental y relaciones entre los distintos territorios.
En el ámbito internacional, la relación con Argentina, la integración de Mercosur, la cooperación con China y las relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea seguirán formando parte de la agenda estratégica brasileña.
La gobernabilidad del país dependerá de la capacidad de sus instituciones para transformar los resultados electorales en acuerdos políticos y políticas públicas.
Brasil permanece en mi memoria como uno de esos lugares que nunca terminan de abandonarnos. Lo conocí en 1986, cuando viajar todavía conservaba algo de aventura y descubrimiento: Río y Copacabana, las favelas y aquellas mujeres vestidas de blanco, entre humo de puros y palabras de consejo; Brasilia, Bahía, Manaos, el Amazonas y las aguas oscuras del Río Negro; Iguazú, inmenso, mientras un viejo hotel señorial nos recibía al son inesperado de unas arpas, cuya música me llegó al corazón.
Años después, Brasil regresó a mi vida de otra forma, a través de la música y de sus ritmos. Quizá por eso, cuando pienso hoy en Brasil, no veo solo un país ni unas elecciones. Escucho una melodía, recuerdo una luz sobre Copacabana, el estruendo lejano de una catarata, el misterio de una ceremonia que entonces apenas comprendía y esa extraordinaria mezcla de alegría, espiritualidad, belleza y contradicción.
Hay países que uno visita y termina olvidando. Otros, sin saber muy bien por qué, se quedan para siempre viviendo dentro de nosotros. Brasil es uno de ellos.
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