Las elecciones del 13 de septiembre restituirán con absoluta probabilidad el casi omnímodo poder de los socialdemócratas en el país nórdico
Las elecciones del 13 de septiembre restituirán con absoluta probabilidad el casi omnímodo poder de los socialdemócratas en el país nórdico

Las elecciones del 13 de septiembre restituirán con absoluta probabilidad el poder de los socialdemócratas en el país nórdico. Tras la elección se encuentra una pregunta de mayor recorrido: cómo preservar el Estado del Bienestar en una sociedad más diversa, envejecida y preocupada por la seguridad.
Más de ocho millones de suecos elegirán a los 349 miembros del Riksdag, el Parlamento unicameral. También se votará en los 290 municipios y las 21 regiones, responsables de buena parte de la sanidad, la escuela y la atención a los mayores. El voto nacional será también un examen sobre el funcionamiento concreto del modelo social.
Un sistema proporcional dominado por dos grandes bloques
El sistema electoral sueco reparte los escaños de forma proporcional y exige superar un 4% del voto a nivel nacional. A diferencia de España, Suecia no necesita una mayoría absoluta positiva para investir un gobierno: si no hay una mayoría absoluta en contra, la confianza se entiende otorgada. Si el bloque de izquierdas obtiene la mayoría, la presidenta del Riksdag previsiblemente propondrá a Magdalena Andersson, líder del Partido Socialdemócrata Sueco y anterior primera ministra, como candidata a la elección.
En las elecciones de 2022, los cuatro partidos de la derecha —Sveriges Demokraterna (la extrema derecha de los Demócratas de Suecia), Moderaterna (los Moderados), Kristdemokraterna (los Democristianos) y Liberalerna (los Liberales)— obtuvieron 176 escaños frente a los 173 de la oposición. El actual primer ministro, Ulf Kristersson, líder de Moderaterna, formó un gobierno con democristianos y liberales apoyado desde fuera por la primera fuerza en votos de la derecha, Demócratas de Suecia. El Acuerdo de Tidö permitió a esta formación condicionar la política migratoria, penal y energética sin asumir carteras ministeriales.
Kristersson propone ahora un gabinete de los cuatro partidos y Jimmie Åkesson, líder de la extrema derecha, exige entrar en él. Sería la primera presencia ministerial de Demócratas de Suecia, partido surgido en ambientes de extrema derecha y convertido en la segunda fuerza nacional. El actual primer ministro conservador Ulf Kristersson prometió en 2018 que nunca cooperaría con ellos. Sin embargo, ocho años después, presenta esa colaboración como garantía de estabilidad.
Magdalena Andersson y una oposición difícil de ensamblar
Frente a Kristersson se encuentra Magdalena Andersson. La antigua ministra de Finanzas y primera mujer que presidió el Gobierno goza de una elevada confianza personal y encabeza el principal partido del país. Su programa combina más recursos para los servicios públicos, crecimiento, fiscalidad progresiva y continuidad en el rearme.
La dificultad de Anderssonn no radica en ser la opción más votada —ya lo fue en 2022—, sino construir una mayoría. Vänsterpartiet (el Partido de la Izquierda) reclama entrar en el Gobierno, Miljöpartiet (los Verdes) exigen recuperar ambición climática, y Centerpartiet (el Partido del Centro), liberal en materia económica y favorable a la inmigración, rechaza compartir gabinete con la izquierda. Los cuatro quieren desalojar a Kristersson, pero todavía no coinciden en cómo gobernar después. En cambio, la derecha llega a estas elecciones por detrás en los sondeos, aunque ofrece un acuerdo de poder más definido.
Sanidad, seguridad e integración
La campaña muestra la distancia entre la imagen exterior y las inquietudes nacionales. Para el 64% de los votantes, la sanidad figura entre los asuntos más importantes. Listas de espera, falta de personal y diferencias territoriales cuestionan la capacidad estatal para prestar servicios de calidad. Escuela y atención a los mayores completan las preocupaciones del bienestar.
La delincuencia organizada continúa abriendo los informativos del país y provocando una fuerte preocupación entre los suecos. En la última década han aumentado los tiroteos, las explosiones y el reclutamiento de menores para bandas y clanes. El Gobierno respondió con el endurecimiento del Código Penal, mejoras de las capacidades policiales y la propuesta de reducción de la edad penal para delitos graves. Entre enero y agosto de 2026 hubo 48 tiroteos y 12 fallecidos, frente a 391 y 62 muertos en 2022. Pese a ello, las bandas se adaptan y el debate entre castigo y prevención permanece abierto.
La inmigración aparece unida a esta cuestión en el discurso político. Algo más de una quinta parte de los 10,6 millones de habitantes nació en el extranjero, mientras su tasa de paro duplica ampliamente la de los nacidos en Suecia. El Gobierno presenta esa brecha como prueba de una estrategia de inclusión fallida y las solicitudes de asilo han caído a su nivel más bajo en cuatro décadas. Los socialdemócratas también han asumido una línea restrictiva: un Ejecutivo de Andersson difícilmente volvería al modelo anterior a 2015.
Sin embargo, los trabajadores nacidos fuera del país representan el 22% del empleo de los servicios municipales y el 16% de los regionales. Suecia necesita su trabajo para sostener residencias, hospitales y escuelas, especialmente en los municipios envejecidos. La discusión no consiste solo en cuántas personas pueden entrar, sino en cómo incorporarlas al mercado laboral sin debilitar la cohesión que permite financiar servicios universales.
Una economía en recuperación
La economía llega a las elecciones en mejores condiciones que hace un año. Según la oficina nacional de estadística, el PIB creció un 1,6% en el segundo trimestre respecto al anterior y la inflación fue del 0,7% interanual en julio. No obstante, el desempleo alcanzaba todavía el 8,7% y la crisis del coste de la vida sigue presente en los hogares.
El Gobierno ha respondido con rebajas fiscales, incluida la reducción temporal del IVA alimentario del 12% al 6%. La oposición prioriza sanidad, educación y cuidados. Kristersson confía en impuestos más bajos; Andersson, en servicios públicos e inversión.
Suecia conserva fundamentos sólidos: es una economía exportadora, innovadora y con una deuda pública contenida. Su vulnerabilidad nace de esa apertura. La débil demanda europea, las tensiones comerciales, el precio de la energía y la competencia de Estados Unidos y China pueden trasladarse rápidamente al empleo.
El Estado del Bienestar después de Olof Palme
El modelo sueco se levantó sobre un mercado competitivo, la negociación colectiva, una elevada participación laboral y la protección universal. Los municipios gestionan las escuelas, los servicios sociales y los cuidados, mientras que las regiones se encargan de la sanidad y el Estado de las pensiones y otros seguros sociales. Un sólido sistema de guarderías y permisos parentales facilitaron además una participación laboral femenina excepcionalmente alta para la media europea.
El folkhemmet o «casa del pueblo» es un concepto que, aunque transversal a los espacios ideológicos suecos, la inmanencia de loa socialdemocracia en el país situó como un principio fundamental de la organización social y del Estado Se trata de la participación de todos los miembros de la sociedad en la creación de la prosperidad para el país a la vez que este cuida de todos sus miembros proveyéndoles de todos los servicios necesarios para satisfacer sus necesidades.
Este concepto precede a histórica figura de Olof Palme, pero fue bajo su liderazgo —entre 1969 y 1976 y de nuevo desde 1982 hasta su asesinato en 1986— cuando la socialdemocracia alcanzó su mayor proyección. Palme representó un modelo de goobierno que aunaba la igualdad interna y la solidaridad con las causas internacinoales. Esa Suecia no ha desaparecido, aunque sí se ha transformado.
Desde la crisis de los noventa, sucesivos gobiernos introdujeron privatizaciones, reformaron las pensiones y redujeron impuestos. Los ingresos tributarios rondan hoy el 41% del PIB: si bien todavía superiores a la media europea, Suecia ya no es una excepción absoluta.
La entrada de Demócratas de Suecia en el Gobierno añadiría otra dimensión: vincular con mayor fuerza ciertos derechos sociales a la condición de ciudadanía, la residencia prolongada o la conducta individual. Una victoria de Andersson reforzaría la financiación pública, pero tendría que conciliar las subidas de impuestos defendidas por la izquierda con la orientación empresarial del Centerpartiet. En ambos casos, dinámicas como el envejecimiento, la escasez de trabajadores y la necesidad de aumentar el gasto militar obligarán a determinar las prioridades del nuevo gobierno socialdemócrata.
Suecia en la OTAN y en Europa
Serán las primeras elecciones generales desde la adhesión a la OTAN en marzo de 2024, que puso fin a dos siglos de no alineamiento. En 2026, Estocolmo dedica alrededor del 2,8% del PIB a Defensa y pretende alcanzar el 3,5% en 2030. Gotland, el Báltico, las infraestructuras submarinas y el Ártico forman ya parte de la política cotidiana.
A este respecto, no habrá cambios tras cualquier resultado posible en las elecciones. Los grandes partidos respaldan a Ucrania y aceptan el aumento del gasto en Defensa, aunque difieren sobre las armas nucleares de la Alianza y la relación con unos Estados Unidos cada vez menos percibidos por la población sueca como un aliado. Rusia sigue siendo la principal amenaza para los suecos. La evolución de la guerra convencional hacia mecanismos de guerra híbrida —ciberataques, sabotajes y desinformación— también se posiciona como una de las principales preocupaciones de los suecos en lo referente a seguridad y Defensa.
El escenario más probable es una victoria estrecha del bloque de izquierdas, pero no una mayoría cómoda. La encuesta de Novus publicada el 9 de septiembre concedía un 50,7% a las fuerzas que apoyan a Andersson y un 48,1% a las del Acuerdo de Tidö. El repunte liberal hasta el 5,8%, por encima del umbral parlamentario, ha devuelto cierta incertidumbre a la elección. Si la actual oposición obtiene la mayoría, Andersson tendrá la primera oportunidad, probablemente al frente de un gobierno minoritario sostenido por acuerdos con centristas, verdes y la izquierda. Si vence la derecha, formar el Ejecutivo será más sencillo, pero el precio será la entrada de Åkesson y un Kristersson debilitado si Demócratas de Suecia supera de nuevo a los Moderados.
Para Europa, el resultado no modificará el apoyo sueco a Ucrania ni su pertenencia a la OTAN. Sí puede alterar el equilibrio político de la Unión. Un gobierno con ministros de Demócratas de Suecia reforzaría la normalización de la derecha nacional y endurecería la posición de Estocolmo en inmigración y clima. El regreso socialdemócrata ofrecería a la izquierda europea una victoria significativa, aunque apoyada sobre una política migratoria mucho más restrictiva que la de la época de Palme.
Suecia decide, en último término, qué versión de sí misma quiere llevar ante Europa. Necesita reforzar su insigne modelo social, rearmarse, integrar la inmigración y relanzar su potencial económico. La elección del día 13 de septiembre no resolverá estas tensiones, pero determinará desde qué valores y con qué prioridades se intentará administrarlas.

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