Inteligencia Geopolítica

Irak 2026: Estados Unidos se marcha 23 años después

La retirada estadounidense de Irak en 2026 cierra un ciclo iniciado en 2003 y pone fin a la misión militar internacional contra ISIS

La retirada estadounidense y la continuidad de la cooperación internacional

El 30 de septiembre de 2026, las últimas fuerzas estadounidenses abandonaron Irak y concluyó la misión de la coalición internacional contra el Estado Islámico (ISIS) en territorio iraquí. La retirada culmina un proceso acordado entre Washington y Bagdad después de doce años de operaciones contra ISIS, pero no supone el final de toda la cooperación militar internacional con Irak.

La salida cierra simbólicamente uno de los grandes ciclos geopolíticos abiertos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, aunque Estados Unidos no ha mantenido una presencia militar ininterrumpida durante estos veintitrés años. Invadió Irak en 2003, retiró sus fuerzas a finales de 2011 y regresó en 2014, a petición del Gobierno iraquí, ante la expansión del Estado Islámico.

España participó desde 2014 en la Operación Inherent Resolve (OIR), principalmente mediante tareas de formación, asesoramiento y apoyo a las fuerzas iraquíes, incluida la participación de unidades de operaciones especiales. Paralelamente, participa en la NATO Mission Iraq (NMI), creada en 2018 a petición del Gobierno iraquí y orientada al asesoramiento y fortalecimiento de sus instituciones de defensa y seguridad, no al combate directo contra ISIS.

Esta segunda misión no ha finalizado. En marzo de 2026, ante el deterioro de la situación regional, la OTAN trasladó temporalmente su personal desde Bagdad al Mando Conjunto de Nápoles, desde donde mantiene sus funciones mientras evalúa las condiciones para regresar a Irak. Desde el 19 de mayo, además, la NMI se encuentra bajo el mando del teniente general español Ramón Armada Vázquez.

La participación española entra así en una nueva etapa. El final de Inherent Resolve cierra su participación en la coalición contra ISIS en Irak, pero no su cooperación en materia de seguridad. A la continuidad de la NMI se suma el memorando firmado por España e Irak en enero de 2026 para mantener la formación y la cooperación antiterrorista. El modelo evoluciona, por tanto, desde la participación en una coalición militar hacia fórmulas de cooperación a través de la OTAN y de la relación bilateral con Irak.

De Saddam Hussein a una guerra inesperadamente larga

La invasión de Irak no puede comprenderse sin el 11-S. Los atentados transformaron la percepción estadounidense de la seguridad y llevaron a la Administración de George W. Bush a declarar la denominada “guerra contra el terror” o Guerra del Golfo. Después de intervenir en Afganistán contra Al Qaeda y el régimen talibán, Washington dirigió progresivamente su atención hacia Irak.

Saddam Hussein constituía desde hacía años un problema para Estados Unidos. Irak había invadido Kuwait en 1990, había sido derrotado por una coalición internacional en 1991 y durante la década siguiente quedó sometido a sanciones e inspecciones internacionales destinadas a controlar sus programas de armamento.

La Administración Bush sostuvo que Irak conservaba armas químicas y biológicas y mantenía ambiciones nucleares. También presentó las posibles relaciones entre el régimen iraquí y el terrorismo internacional como una amenaza para la seguridad estadounidense. Sin embargo, nunca se demostró que Saddam Hussein hubiera participado en el 11-S ni que existiera una relación operativa con Al Qaeda que justificara la invasión. Las investigaciones posteriores tampoco encontraron los arsenales de armas de destrucción masiva presentados antes de la guerra.

El conflicto provocó una profunda división internacional. Francia, Alemania, Rusia y otros países defendían la continuación de las inspecciones de Naciones Unidas, pero el Reino Unido se convirtió en el principal aliado militar de Washington y España proporcionó un importante respaldo político.

El 16 de marzo de 2003, George W. Bush, Tony Blair, José María Aznar y José Manuel Durão Barroso se reunieron en las Islas Azores. Cuatro días después, sin una nueva resolución del Consejo de Seguridad que autorizara expresamente el uso de la fuerza, una coalición internacional encabezada militarmente por Estados Unidos y Reino Unido inició la invasión de Irak.

La guerra convencional fue extraordinariamente rápida. Bagdad cayó el 9 de abril y el régimen de Saddam Hussein se desintegró. Lo que parecía una victoria militar contundente se transformó, sin embargo, en un problema estratégico mucho más complejo, debido a que la planificación de la posguerra resultó insuficiente.

La desbaazificación de la Administración y, especialmente, la disolución del Ejército y de otras estructuras del régimen dejaron fuera del nuevo sistema a numerosos funcionarios, militares y miembros de los aparatos de seguridad. El coronel británico Tim Collins recordaría posteriormente que muchos militares habían dado por supuesto que Washington y Londres disponían de un plan para administrar el país después de Saddam y que pronto descubrieron las carencias existentes.

Una de las principales lecciones estratégicas de Irak fue que derrotar a un Estado militarmente no significa disponer de una solución política para el día siguiente.

España: de Las Azores a la retirada

España no participó con fuerzas de combate en la invasión inicial, aunque el Gobierno de José María Aznar respaldó políticamente la intervención. Después de la caída de Saddam se desplegaron alrededor de 1.300 militares, integrados en la Brigada Multinacional Plus Ultra, en la que participaron también contingentes de El Salvador, Honduras, Nicaragua y República Dominicana.

La guerra proporcionó a la propaganda yihadista un argumento adicional para señalar a España como integrante de la coalición occidental. Desde octubre de 2003, Osama bin Laden y Ayman al-Zawahiri amenazaron explícitamente a España por su presencia militar en Afganistán e Irak. El 16 de mayo de 2003, cinco atentados suicidas golpearon Casablanca. Entre los objetivos se encontraba la Casa de España. Meses después, el 11 de marzo de 2004, los atentados contra los trenes de cercanías de Madrid causaron 193 muertos y alrededor de 2.000 heridos.

En las primeras horas posteriores a los atentados, el Gobierno atribuyó la autoría a ETA, una hipótesis inicialmente asumida por buena parte de la clase política y de la opinión pública, acostumbrada a décadas de terrorismo de la organización. Aquellos atentados se produjeron apenas tres días antes de las elecciones generales, lo que otorgaba a la autoría una evidente dimensión política.

A medida que avanzaban las horas comenzaron a aparecer indicios que apuntaban en una dirección diferente. Pese a ello, en la tarde del 11 de marzo, el Ministerio de Asuntos Exteriores transmitió instrucciones a las embajadas españolas para que defendieran internacionalmente la autoría de ETA. El telegrama señalaba que el ministro del Interior había confirmado esa responsabilidad y pedía a los embajadores que aprovecharan las ocasiones que se les presentaran para sostenerla.

Aquella posición coincidió con una investigación que comenzaba a incorporar elementos difícilmente conciliables con la hipótesis inicial. La furgoneta localizada en Alcalá de Henares, los detonadores y otros efectos encontrados en su interior orientaron progresivamente las pesquisas hacia el terrorismo yihadista. Posteriormente, el análisis de la bomba que no llegó a explotar y de la tarjeta SIM utilizada para su activación reforzó esa línea de investigación.

La incertidumbre era perceptible también entre los aliados de España. El 12 de marzo, durante una visita a la residencia del embajador español en Washington, el presidente George W. Bush planteó la posibilidad de que los autores fueran islamistas y declaró públicamente que todavía no podía excluirse ninguna hipótesis. El 13 de marzo se produjeron las primeras detenciones, entre ellas la de Jamal Zougam, y la investigación policial y judicial terminó estableciendo la autoría yihadista de los atentados y descartando la participación de ETA.

Tres días después de los atentado se celebraron las elecciones generales. José Luis Rodríguez Zapatero obtuvo la victoria y, tras formar Gobierno, ordenó la retirada del contingente español, completada en mayo de 2004.

La investigación policial continuó durante las semanas siguientes hasta localizar, el 3 de abril de 2004, a varios integrantes de la célula yihadista en un piso del barrio de Leganés Norte, en Madrid. Cuando los agentes del Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía Nacional cercaron la vivienda, siete terroristas se suicidaron haciendo estallar los explosivos que almacenaban. La explosión causó también la muerte del subinspector Francisco Javier Torronteras Gadea y heridas a otros agentes. El episodio constituyó uno de los momentos más dramáticos de la investigación del 11-M y puso de manifiesto que la amenaza terrorista continuaba activa después de los atentados.

Además, el 11-M puso de manifiesto un problema que iba más allá de la investigación posterior de los atentados. Los distintos servicios españoles disponían de información sobre personas, redes y actividades relacionadas con el yihadismo y no siempre existían mecanismos suficientes para compartirla, integrarla y analizarla conjuntamente. Una de las principales respuestas institucionales del nuevo Gobierno fue la creación, el 28 de mayo de 2004, del Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista (CNCA), concebido para reunir y valorar la información estratégica procedente de Policía, Guardia Civil y CNI y reforzar la coordinación frente al terrorismo.

De Al Qaeda en Irak al Estado Islámico

El yihadismo global no ha permanecido inalterable, sino que ha experimentado profundas transformaciones en su organización, estrategia y capacidad de expansión. Su evolución tiene tres grandes etapas. La primera comienza en 1988 con la creación de Al Qaeda, que se convirtió progresivamente en la principal referencia del yihadismo internacional, y culmina con los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

La respuesta internacional al 11-S abrió una segunda etapa. La presión militar y antiterrorista debilitó la estructura central de Al Qaeda, pero no eliminó la amenaza. La organización fue descentralizándose mediante filiales y grupos asociados, mientras el yihadismo se extendía por nuevos escenarios. Este periodo puede situarse hasta 2011, año marcado por la muerte de Osama bin Laden y por el inicio de las convulsiones políticas de la denominada Primavera Árabe.

A partir de entonces comenzó una tercera etapa caracterizada por una mayor expansión territorial y una creciente fragmentación del movimiento yihadista. La guerra de Siria, la inestabilidad de Irak y otros conflictos facilitaron la aparición y expansión del Estado Islámico (ISIS), que en junio de 2014 proclamó un califato y pasó a disputar a Al Qaeda el liderazgo del yihadismo global. Desde entonces, ambas organizaciones y sus respectivas filiales han constituido las dos grandes matrices de referencia de un movimiento cada vez más descentralizado, adaptable y geográficamente disperso.

En el caso de Irak, mientras algunos aliados comenzaban a retirarse, el país entraba en una fase cada vez más violenta. La insurgencia contra las fuerzas internacionales se superpuso con terrorismo y enfrentamientos sectarios. Abu Musab al-Zarqawi desarrolló una organización yihadista extremadamente violenta que terminaría integrándose en Al Qaeda. Sus ataques contra la población chií buscaban intensificar el enfrentamiento entre comunidades.

La violencia alcanzó niveles extraordinarios en 2006 y 2007. Estados Unidos respondió enviando alrededor de 30.000 militares adicionales y desarrollando acuerdos con tribus suníes que comenzaron a combatir a Al Qaeda en Irak. La combinación redujo considerablemente la violencia y debilitó al yihadismo.

En diciembre de 2011, las fuerzas estadounidenses abandonaron el país. Parecía que la guerra terminaba, pero no fue así. La guerra civil siria abrió un enorme espacio de inestabilidad junto a la frontera iraquí. Las estructuras yihadistas procedentes de Irak encontraron allí territorio y oportunidades para reorganizarse. Loretta Napoleoni interpreta precisamente el posterior desarrollo de ISIS como producto de la combinación de las guerras de Irak y Siria: recuerda que hacia 2010 la organización estaba muy debilitada por la reacción de las tribus suníes, pero encontró posteriormente en Siria las condiciones necesarias para recuperar capacidad y expandirse.

No existe una relación causal única entre la invasión de 2003 y la aparición de ISIS. La evolución fue mucho más compleja: desestructuración institucional, insurgencia, radicalización, enfrentamiento sectario, Al Qaeda en Irak, descontento de sectores suníes y, finalmente, la guerra civil siria formaron una cadena de condiciones que favoreció su expansión. En junio de 2014, el Estado Islámico conquistó Mosul y grandes extensiones de Irak. El Ejército iraquí se derrumbó en numerosas posiciones. Tres años después de haberse marchado, Estados Unidos tuvo que regresar.

La segunda intervención

La intervención iniciada en 2014 fue muy diferente de la invasión de 2003. Estados Unidos organizó una nueva coalición internacional, pero evitó una ocupación terrestre masiva. La estrategia descansó fundamentalmente sobre las fuerzas iraquíes y los peshmerga kurdos, apoyados mediante aviación, inteligencia, fuerzas especiales, asesoramiento y entrenamiento.

Mosul fue recuperada en 2017 y el Estado Islámico perdió progresivamente el territorio que controlaba en Irak y Siria. El ISIS no desapareció, pero dejó de constituir la fuerza territorial capaz de controlar ciudades y millones de habitantes que había sido en 2014.

La reducción de esa amenaza permitió comenzar a plantear nuevamente la salida. Washington y Bagdad acordaron en 2024 una transición gradual desde la misión de la coalición hacia relaciones bilaterales de seguridad. El proceso desembocó finalmente en la retirada de 2026.

¿Qué significa realmente la retirada de 2026?

La marcha de los últimos militares estadounidenses tiene una evidente dimensión de soberanía para Irak. Después de más de dos décadas en las que fuerzas extranjeras desempeñaron un papel decisivo en su seguridad, Bagdad asume directamente una responsabilidad que durante años compartió con Washington y la coalición, pero la retirada plantea varios interrogantes. El ISIS ha perdido su capacidad territorial, pero no ha desaparecido. Mantiene células clandestinas y una capacidad insurgente limitada, mientras las fuerzas iraquíes afrontan el reto de impedir que un eventual deterioro de la seguridad facilite su reorganización.

El segundo es Irán. La eliminación de Saddam Hussein suprimió en 2003 uno de los principales contrapesos árabes frente a Teherán. Durante las dos décadas siguientes, partidos y milicias chiíes con diferentes grados de relación con Irán adquirieron una creciente influencia política y militar. Esto no convierte a Irak en un simple satélite iraní, ya que el nacionalismo iraquí continúa siendo una fuerza importante y existen resistencias internas a la influencia exterior, pero la salida estadounidense vuelve a modificar el equilibrio entre ambos actores.

El tercero es el Kurdistán iraquí. Los últimos efectivos estadounidenses salieron precisamente de Erbil. Para los kurdos, la presencia estadounidense constituía no solo un elemento de la lucha contra el ISIS, sino también un factor de seguridad dentro de un entorno regional complejo. Su desaparición obliga a revisar equilibrios con Bagdad y con vecinos como Turquía e Irán.

Finalmente, la retirada militar no significa la desaparición de Estados Unidos de Irak. Washington y Bagdad pretenden transformar la misión internacional en una relación bilateral que permita mantener determinadas formas de cooperación en seguridad, entrenamiento e inteligencia. Además Estados Unidos conserva una importante influencia económica, debido a que los ingresos procedentes de las exportaciones petroleras iraquíes se canalizan mediante una cuenta del Banco Central de Irak en la Reserva Federal de Nueva York. Los fondos pertenecen a Irak, pero esta arquitectura financiera proporciona a Washington una importante capacidad de influencia sobre el acceso a dólares de una economía extraordinariamente dependiente del petróleo. Estados Unidos abandona militarmente Irak, pero no desaparece estratégicamente del país.

Veintitrés años después

La comparación entre el Irak de marzo de 2003 y el de octubre de 2026 deja un balance extraordinariamente complejo. Saddam Hussein y su régimen desaparecieron. Irak dispone hoy de instituciones electorales y de unas fuerzas de seguridad mucho más desarrolladas. El Estado Islámico (ISIS) ha perdido el territorio que llegó a controlar y la violencia se encuentra lejos de los niveles alcanzados durante los peores años de la insurgencia, pero el precio ha sido enorme. Más de 200.000 civiles iraquíes han sido documentados como muertos directamente por la violencia desde 2003, aunque otras metodologías ofrecen cifras superiores. Aproximadamente 4.500 militares estadounidenses murieron. También hubo víctimas entre británicos, italianos, españoles, polacos, ucranianos, salvadoreños y otras nacionalidades. El proyecto Costs of War de la Universidad de Brown —referencia académica en el cómputo de estas cifras— eleva el coste para el contribuyente norteamericano a unos 2,8 billones de dólares.

La guerra produjo además consecuencias que sus promotores difícilmente podían prever en 2003. Las armas de destrucción masiva utilizadas como una de las principales justificaciones de la intervención no aparecieron. La destrucción del régimen fue seguida por una insuficiente planificación de la posguerra. La insurgencia y el enfrentamiento sectario desestabilizaron el país. El yihadismo encontró en Irak un nuevo escenario de movilización. Irán amplió su influencia. Estados Unidos se retiró en 2011 y tuvo que regresar en 2014 para combatir al Estado Islámico.

Las consecuencias dividieron Europa, deterioraron durante años la credibilidad estadounidense y británica y afectaron a la política interior de numerosos países participantes. En España, aquel conflicto lejano terminó convirtiéndose en uno de los episodios más controvertidos y dolorosos de su política exterior reciente.

La salida de 2026 permite cerrar ahora el círculo militar iniciado en 2003, pero quizá la principal conclusión sea precisamente la diferencia entre ganar una guerra y resolver el problema político que viene después. Estados Unidos necesitó apenas unas semanas para derrotar al régimen de Saddam Hussein, pero ha necesitado veintitrés años para salir definitivamente de Irak. La IRGC lo tradujo de inmediato a lenguaje político: ‘Estas cifras muestran la derrota pesada y vergonzosa de Estados Unidos’

Pedro Fuentetaja

Quizá también te guste

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Contáctanos

Pide información o cuéntanos lo que te parezca interesante.

© Inteligencia Geopolítica 2026

Inicia sesión

¿Todavía no te has suscrito?

Suscríbete y accede a todos los análisis y contenidos exclusivos de Inteligencia Geopolítica.

Scroll al inicio