Tanto en la Roma del siglo I como en la política trumpista del siglo XXI, el narcisismo opera como el motor del liderazgo

Tanto en la Roma del siglo I como en la política trumpista del siglo XXI, el narcisismo opera como el motor del liderazgo

La Historia no se repite (o sí), pero a menudo rima con una precisión inquietante.
A dos milenios de distancia, la sombra del quinto emperador de la dinastía Julia – Claudia parece proyectarse sobre el escenario político contemporáneo más allá de la caricatura histórica.
La figura de Nerón Claudio César Augusto Germánico encuentra un reflejo singular en la manifestación pública y el estilo de liderazgo de Donald Trump. No se trata solo de un parecido en las formas, sino de una anatomía compartida del Poder, la megalomanía patológica y el oportunismo autocrático.
En el año 64 d.C., el gran incendio de Roma devastó diez de los catorce distritos de la capital del Imperio. Mientras las cenizas aún humeaban, Nerón vio en la catástrofe una oportunidad inmobiliaria sin precedentes.
Expropió hectáreas de suelo urbano devastado para edificar su colosal palacio, “La Domus Aurea”, un complejo de lujo extravagante dotado de jardines artificiales, salas giratorias y una colosal estatua de bronce de sí mismo de 30 metros de altura.
Esta lógica de concebir la tragedia ajena como “una hoja en blanco” para el desarrollo inmobiliario conecta directamente con las recientes visiones planteadas para la Franja de Gaza con el despliegue de resorts de ocio por Trump.
Tras la destrucción sistemática del territorio, la mirada hacia la costa mediterránea como un espacio de oportunidad comercial y turismo de alto nivel —despojando el suelo de su memoria y de sus habitantes— revive el espíritu de la Domus Áurea: la transformación del trauma colectivo en un proyecto de lujo, donde el urbanismo perpetrado por el poder aplasta a la población desplazada.
Otro rasgo en común es el desprecio por la élite tradicional. Nerón gobernó en permanente conflicto con el Senado romano. Para el emperador, la aristocracia patricia representaba a una casta obsoleta e hipócrita que limitaba su autoridad absoluta.
Buscó constantemente humillar a la clase senatorial despojándola de poder real recurriendo al favor popular para legitimarse. En el siglo XXI, este antagonismo toma la forma del ataque sistemático al establishment.
El blanco predilecto de Trump ha sido la élite intelectual política y cultural de Washington y Nueva York —los demócratas del Este, la burocracia estatal y los medios de comunicación liberales—. Como Nerón frente al Senado, se presentó como el único capaz de desafiar a una casta corrupta e inoperante, sustituyendo el debate institucional por un vínculo populista y emocional con su base de seguidores.
El tercer rasgo que vincula inconfundiblemente a Nerón con Trump es la soberbia y la megalomanía patológica. La búsqueda de un chivo expiatorio.
Tanto en la Roma del siglo I como en la política trumpista del siglo XXI, el narcisismo opera como el motor del liderazgo. La “hybris” neroniana —creerse una divinidad viviente, un artista insuperable cuya voluntad es la ley— encuentra un paralelo en la retórica de la infalibilidad, el culto a la personalidad y la convicción de que solo una figura providencial puede salvar a la nación. Sin embargo, cuando la realidad o la gestión fallan, la estrategia defensiva de ambos personajes es idéntica: la invención de un enemigo externo.
Nerón, ante los rumores que lo señalaban como el incendiario de Roma, dirigió la culpa hacia una minoría emergente, marginal y mal vista por la mayoría: los cristianos.
Trump ante las crisis económicas y sociales ha recurrido al señalamiento constante e incluso el asesinato por sus patrullas del ICE de los inmigrantes categorizándolos como la causa de los males de la nación (tráfico de drogas, delincuencia, inseguridad social en general) instrumentalizando así el miedo para cohesionar a su electorado.
Por último, no cabe duda de que una pulsión histriónica se encarna en ambos personajes tallados por el narcisismo paranoico y fanatizados por el show como ejercicio de poder.
La condición más definida de ambos es su condición de performers. Nerón no se veía a sí mismo solo como un gobernante, sino como un gran actor, poeta y auriga.
Su gobierno fue un espectáculo continuo donde la frontera entre realidad y la dramatización se volvió difusa. Nerón convirtió la ejecución pública en una escenografía dantesca (antes de Dante), utilizando a los condenados como antorchas humanas crucificadas para iluminar sus paseos nocturnos como auriga.
No se trataba solo de castigar, sino de impactar visualmente, de paralizar por el terror a través del espectáculo.
Trump, heredero de la era del entretenimiento de masas, comprende el poder de la pantalla.
Desde sus intervenciones en la lucha libre profesional hasta la orquestación de mítines concebidos como shows de televisión en directo, entiende que en la política moderna —como en la Roma imperial— la dominación pasa por mantener al público fascinado, conmocionado y entretenido.
La Historia no juzga a Nerón únicamente por las llamas de Roma, sino por la banalización del poder que encarna.
La fascinación por el exceso, la teatralización del dolor ajeno y la reconstrucción de la realidad a medida del ego del gobernante, son advertencias que la Antigüedad envía al futuro… y que hoy vuelven a resonar lamentablemente con fuerza.
—
Mario Coll es psicoanalista, profesor de lengua y literatura e indólogo, autor de publicaciones varias en lingüística e indología




Pide información o cuéntanos lo que te parezca interesante.
© Inteligencia Geopolítica 2026
Para ofrecer las mejores experiencias, utilizamos cookies para almacenar a la información generada por el usuario dentro del sitio web. El consentimiento nos permitirá procesar datos como el comportamiento de navegación o las identificaciones únicas en este sitio. No consentir o retirar el consentimiento puede afectar a ciertas características y funciones.