Irán e Israel. ¿Una tregua duradera?
Los vestigios de la reciente guerra dejan más dudas que certezas en el panorama actual, dejando a Oriente Medio en una clara situación de incertidumbre

(West Asia News Agency vía Reuters)
MANUEL TRIGUERO SERRANO | Madrid
22 de julio de 2025
A falta de unos días se cumplirá un mes desde el alto al fuego entre Irán e Israel, cuyo enfrentamiento en la segunda mitad de junio fue tildado por Donald Trump como la guerra de los doce días. Tres semanas después, son muchas las teorías que apuntan a que este alto al fuego no supone un cese a las hostilidades, sino una tregua con el fin de reforzar militarmente las capacidades de ambos, en especial la de Israel. El actual panorama ha clarificado la delicada posición de Irán a nivel geopolítico: una Siria cuyo régimen ha alejado a Teherán de su esfera de influencia, un Hezbolá más debilitado que nunca y un Israel que, desde que iniciara su invasión de Gaza tras el 7 de octubre, ha puesto en marcha una campaña agresiva y sin paliativos en todos sus frentes en la región. Algunas voces argumentan una victoria de Irán en el reciente conflicto, pero solo el tiempo dirá si estas afirmaciones estaban en lo cierto o no.
Contextualización
El 13 de junio Israel lanzó una serie de ataques contra instalaciones militares y nucleares iraníes, iniciando un enfrentamiento cuya escalada puso en una situación comprometida tanto a Oriente Próximo como al resto de actores internacionales. La decisión israelí de atacar Irán puso fin a días de especulaciones acerca de la probabilidad de un ataque, tomando por sorpresa a medios de comunicación y a unos analistas que, a pesar de los rumores, eran conocedores de los riesgos que comprometía el movimiento de Tel Aviv.
Tras la aprobación de Estados Unidos, Israel comenzó una campaña que, tras doce días de enfrentamiento, sigue estando pendiente de ser calificada como una victoria de Netanyahu. La ofensiva del 13 de junio, además de sorpresa, tuvo entre sus objetivos infraestructura nuclear (concretamente las instalaciones Isfahán y Natanz), miembros de la cúpula militar de la Guardia Revolucionaria e incluso destacados científicos especializados en energía nuclear. Un ataque sin precedentes en el que Israel, de forma clara, puso el foco en el programa nuclear iraní. La respuesta de Teherán no se hizo esperar, como pasó en dos ocasiones previas durante el año 2024, suponiendo un indicio de que la escalada en esta ocasión, además de diferente a las anteriores, era crítica y obligaba a otras potencias regionales y mundiales a tomar partida.
Irán, apuntando principalmente a bases militares, respondió con el lanzamiento de más de 200 misiles balísticos y de crucero y en torno a un millar de drones, llegando a realizar impactos en varias ciudades gracias a la saturación de los sistemas de defensa israelíes. Estos ataques recíprocos se repitieron con el paso de los días, dando lugar a una diversificación de objetivos por parte de Israel e Irán, entre los que se encontraban edificios gubernamentales o infraestructura económica y energética (refinerías de petróleo, depósitos o centrales eléctricas). La dirección del conflicto, sin embargo, tomó un giro radical el 22 de junio, cuando Estados Unidos intervino para atacar tres instalaciones nucleares en las ciudades de Fordo, Natanz e Isfahán, causando daños significativos y abriendo una ventana de escalada mucho mayor. No obstante, y contrario a previsiones más alarmistas, Irán optó por responder con el lanzamiento de 14 misiles contra la base aérea estadounidense de Al Udeid, en Qatar, de los cuales solo uno logró impactar. Horas más tarde, el presidente Donald Trump anunciaba en sus redes sociales un alto al fuego entre Irán e Israel, aprovechando también para agradecer a Irán por avisar con antelación de su ataque a la base previamente mencionada. Todo apunta a que hubo contactos entre Washington y Teherán para llegar a un acuerdo y cesar las hostilidades mediante dos ataques simbólicos, uno por parte de Washington a instalaciones nucleares que pudo haber sido avisado con antelación, y otro por parte de Irán a la base aérea en Qatar que le permitiese ganar reconocimiento de cara al pueblo iraní.
El enfrentamiento, aún siendo valorado por la parte iraní como una victoria, ha causado grandes bajas ya no solo a nivel civil (más de mil fallecidos), si no que ha debilitado sobremanera la cúpula militar y programa nuclear mediante el asesinato de altos mandos militares e importantes científicos. Del otro lado, Israel ha sufrido un número de bajas mucho menor, veintinueve, si se comparan con las iraníes, pero si un gran número de heridos (más de 3.000) y un importante impacto psicológico en la población a causa de la guerra. La campaña militar parece haber sido exitosa, pero cabe la duda de cuál sería la respuesta ciudadana ante una guerra de larga duración.
Situación actual
Las hostilidades con Irán no han desaparecido, pero todo apunta a que Israel ha decido centrarse en otros frentes, concretamente Siria y Yemen, antes de volver a poner el punto de mira sobre Irán. Teherán ha decidido no abandonar el enriquecimiento de uranio, pero con predisposición para reducirlo si se llega a un acuerdo nuclear. La posición iraní es clara: es posible llegar a un acuerdo para garantizar la pacificidad del programa nuclear, pero no sin antes obtener beneficios a cambio, más concretamente, el levantamiento de sanciones.
Irán sigue contando con 400 kilos de uranio enriquecido hasta un 60%, situándose aún lejos de un 90%, que es lo necesario para poder elaborar armamento nuclear. Según medios israelíes, los recientes ataques habrían retrasado el programa nuclear iraní dos años, lo que da un mayor margen de maniobra a Israel, pero sin acabar con el problema de raíz. La actitud del gobierno iraní es de predisposición para negociar, aunque es conocedor de que el tiempo puede jugar a su favor o en su contra. Si es a favor, esto le daría la oportunidad de abastecerse tanto a sí misma como a sus aliados a nivel militar y logístico. Si es en su contra, la no llegada de un acuerdo nuclear a tiempo podría situar a Irán de nuevo en la mira de Tel Aviv y Washington.
A esto se suma que con el actual ataque israelí sobre Siria, Irán ha tratado de posicionarse junto a Damasco, condenando el ataque israelí y defendiendo la soberanía e integridad territorial del país. De esta manera Teherán busca dos objetivos: Alinearse con países como Turquía, Qatar o Arabia Saudí, que, siendo los principales valedores del nuevo régimen en Siria, podrían brindar validación a nivel diplomático en escenarios futuros, y por otro lado, normalizar relaciones con el nuevo gobierno en Damasco.
La situación en Siria ha tomado un giro crítico en los últimos diez días, y la inestabilidad del país no juega a favor de los intereses iraníes. En primer lugar, porque amenaza la supervivencia de milicias afines dentro del país y dificulta, aún más si cabe, el suministro de armas a través de este a Hezbolá. Segundo, porque la caída del régimen anterior junto a sus capacidades militares y defensivas, han eliminado por completo la zona de contención que este suponía, y en tercer y último lugar, porque teniendo en cuenta la ya superioridad aérea mostrada por Israel en el reciente conflicto, el avance de Tel Aviv dentro de territorio sirio podría dar aún más ventaja a este de cara a un enfrentamiento futuro. Queda por ver pues, si la importancia de Siria a nivel estratégico, sumado a los intereses de otras potencias regionales en el país, hace que la crisis escale aún más y se eleve a un nivel regional.
Perspectivas de futuro
El reciente enfrentamiento entre los dos países, sumado al contexto en Oriente Próximo, sitúa a Irán en una posición delicada en la que las salidas ponen riesgo la supervivencia de sus dos mayores activos, el régimen del ayatola Jameneí, por un lado, y el programa nuclear por otro.
Tras la Guerra de los 12 Días, se prevén tres escenarios distintos.
En el primero de ellos, se encontraría un planteamiento similar al vivido hasta ahora: unas negociaciones con Estados Unidos que no terminen de prosperar, un Israel reabastecido tras finalizar su campaña en Siria y de nuevo, un enfrentamiento abierto con objetivos específicos, tanto a nivel militar como nuclear.
El segundo escenario contemplaría una cesión iraní en su programa nuclear, todo mediante una nueva ronda de negociaciones con Washington y otros países europeos que, en consecuencia, llevarían a Irán a limitar el enriquecimiento de Uranio, reducir sus existencias y someterse a inspecciones en sus instalaciones nucleares.
El tercer escenario plantea un posible enfrentamiento abierto. Con un Israel en auge, Irán sin pretensiones de ceder y una tregua que habría dado tiempo suficiente a ambos para reabastecerse militarmente, los dos países podrían entrar en un conflicto en el que, por una parte, Israel buscaría un cambio de régimen y la neutralización del programa nuclear iraní, y por otro Irán trataría de hacer subsistir a ambos en aras de ganar tiempo y con ello, la ansiada arma nuclear.
A pesar de estas perspectivas de futuro tan pesimistas para Irán, el reciente enfrentamiento ha dejado claro que, aún sin armas nucleares, el poder de disuasión iraní existe. Los golpes sufridos por Israel, a pesar de ser menores, demuestren la capacidad de Teherán de dañar a Tel Aviv. A pesar de su situación, Irán sigue contando con importantes activos a nivel geopolítico, ya sean sus proxies o aliados como Hezbolá en Líbano, Hamas en Gaza o los Hutíes en Yemen, el valor estratégico que representa el control sobre el estrecho de Ormuz, o el apoyo, más simbólico que operativo, de potencias como Rusia, China y Pakistán.
La tregua que hoy mantienen Irán e Israel apunta a ser temporal, pero no debe olvidarse que cualquier movimiento de Israel, como ha quedado demostrado en ocasiones anteriores, requiere de una previa aprobación por parte de Washington. Esto significa que una vuelta a la mesa de negociaciones, con un Irán más propenso a ceder que a reclamar, podría motivar a Estados Unidos a mantener una cierta estabilidad en Oriente Medio en aras de lograr el ansiado viraje a la región del Pacífico. No obstante, Israel es conocedora de su capacidad de influencia en Washington, por lo que no sería extraño observar una nueva campaña militar contra Irán de la mano del apoyo de la Casa Blanca.
Más allá de los escenarios de futuro, el reciente enfrentamiento ha sentado un precedente arriesgado a nivel internacional. Con el ataque israelí, Tel Aviv y sus aliados envían un mensaje claro: las pretensiones nucleares de cualquier país no aliado con Washington no tienen cabida. Esto, además de poder minorar la legitimidad a nivel internacional de Estados Unidos, podría empujar a países como Irán, Pakistán o Corea del Norte a acelerar su programa nuclear y, en consecuencia, llevar a la región a un nivel de escalada crítico. Irán sabe cuál es la línea roja, cruzarla o no dependerá de las ambiciones del régimen.