Veinticinco años después, el 11-S recuerda que las grandes crisis trascienden el momento: exigen inteligencia capaz de anticipar lo que todavía parece improbable

Veinticinco años después, el 11-S recuerda que las grandes crisis trascienden el momento: exigen inteligencia capaz de anticipar lo que todavía parece improbable

Los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 pertenecen ya a la historia, pero muchas de sus consecuencias siguen formando parte de nuestro presente. Quizá esa sea una de sus principales enseñanzas geopolíticas: una gran crisis puede durar apenas unas horas y, sin embargo, sus efectos extenderse durante décadas.
Los atentados transformaron la percepción estadounidense de su propia seguridad y desencadenaron una sucesión de decisiones cuyas consecuencias desbordaron ampliamente el objetivo inicial de combatir a Al Qaeda. La guerra de Afganistán, la invasión de Irak, la desestabilización de Oriente Próximo, la expansión del yihadismo, la aparición del Estado Islámico, la guerra de Siria y los grandes desplazamientos de población forman parte (con causalidades diferentes y nunca completamente lineales) de una larga cadena de efectos directos e indirectos.
Pero el 11-S dejó otra enseñanza quizá todavía más importante. Antes de los atentados existían informaciones y señales dispersas. El problema no fue únicamente obtener información, sino conectarla, interpretarla y convertirla a tiempo en inteligencia útil para decidir. Los sistemas estaban preparados para reconocer amenazas conocidas; mucho menos para imaginar una amenaza que rompía los esquemas establecidos.
Ahí reside una lección que continúa plenamente vigente en 2026. Las grandes crisis del futuro probablemente tampoco llegarán anunciándose como tales. Pueden comenzar con movimientos aparentemente inconexos: un incidente fronterizo, un sabotaje, una anomalía informática, una campaña de desinformación, una crisis financiera, una interrupción energética o una sucesión de acontecimientos que individualmente parecen manejables.
Por eso, recordar el 11-S no debería consistir únicamente en mirar hacia atrás. También debería obligarnos a mirar hacia delante. La inteligencia estratégica no consiste solamente en conocer lo que está ocurriendo, sino en imaginar qué podría ocurrir y comprender las consecuencias de nuestras propias decisiones.
El historiador Garrett Graff ha resumido estos veinticinco años hablando de los “efectos dominó” del 11-S. Quizá ahí esté la reflexión fundamental: las decisiones adoptadas bajo la presión de una crisis pueden resolver el problema inmediato y, al mismo tiempo, crear otros que tardaremos años en reconocer.
Y en todo esto nos queda una pregunta incómoda: ¿Qué acontecimiento que hoy consideramos improbable podría estar desarrollándose ante nuestros ojos sin que todavía sepamos reconocerlo?

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