Así es la alianza entre Irán y China, que la guerra de EEUU e Israel pone ahora en jaque

La guerra desencadenada por EEUU e Israel y las represalias iraníes, al presionar sobre el petróleo y el estrecho de Ormuz, empiezan a privar a China de su principal aliado energético en Oriente Medio

Primero fue Venezuela, y ahora Irán: como si la intervención militar en el Caribe hubiera sido el preludio, astutamente calculado, de lo que se está desatando ahora en Oriente Medio y el actual, ya con cerca de 1.700 víctimas mortales en toda la región, al menos 1.255 de ellas sólo en Irán , en sus primeros diez días), ataques que además son ilegales desde el punto de vista internacional y de la propia ley federal de EEUU, son sin duda múltiples y están interrelacionados entre sí, con más complejidad aún al sumarse ahora a la ecuación los intereses particulares de Israel.

Sin embargo, si algo tienen en común ambos ataques es que los dos suponen, por parte de Washington, una toma por la fuerza, sin reparos morales, del rumbo político y económico de dos de los principales aliados de China en su proyección de influencia mundial hasta la fecha. Los dos países atacados son, además, miembros clave de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), y hasta ahora unos socios cruciales para Pekín, que —gracias a su entramado de inversiones y acuerdos estratégicos con ambos países, a los que aportaba las inmejorables condiciones crediticias que sólo pueden ofrecer los bancos chinos—, disfrutaba a cambio de un holgado suministro de petróleo venezolano e iraní a precio de amigos, en condiciones tan ventajosas como llegar a recibirlo, incluso, como pago de intereses en especie en lugar de en divisas.

El ataque del pasado 3 de enero en Caracas no sirvió sólo para secuestrar a Nicolás Maduro, sino, más discretamente, también para que EEUU pudiera cubrirse las espaldas con las mayores reservas petrolíferas del mundo a su disposición… de cara a una situación como la actual, si llegara a haber una caída momentánea en el suministro mundial de crudo con riesgo de alargarse en el tiempo. Así, con un gobierno en Caracas, si no favorable a Washington, al menos virtualmente rehén de su coacción militar, es más difícil que el régimen bolivariano se oponga priorizar su comercio y sus concesiones de explotación de petróleo a los EEUU en caso de que otros países de la OPEP se vieran afectados por alguna circunstancia sobrevenida que redujese el volumen de hidrocarburos disponible en el mercado mundial.

Y ahora es justo ese escenario el que está cobrando forma desde el inicio, el pasado sábado, de los ataques masivos de EEUU e Israel a Irán, de los que no se conoce aún su duración esperada ni su finalidad concreta, más allá del objetivo general de “evitar que Irán tenga la capacidad de proyectar fuerza [militar] fuera de sus fronteras”, como lo expresó el lunes el secretario de la Guerra de EEUU, Pete Hegseth, en su primera rueda de prensa desde el inicio de las hostilidades.

Si atacar Venezuela debilitó la influencia de China en el continente americano, ahora desarmar y descabezar a Irán, con la intención nada velada de provocar un cambio de régimen en Teherán (aunque en principio sin ocupación militar terrestre, lo que deja un gran espacio para la incertidumbre en lo que pueda pasar si caen de verdad los ayatolás), es igualmente una manera de privar a Pekín de uno de sus principales aliados internacionales, un país clave no sólo para su suministro energético, sino para su proyección geopolítica y comercial hacia Europa, África y Oriente Medio a través de la llamada “nueva ruta de la seda” o “iniciativa de la Franja y la Ruta” (una traducción difícil de “一带一路”, literalmente, “un cinturón, un camino”, una imagen casi poética, en la que una carretera común rodea el mundo entero como si fuera un cinturón).

La importancia del petróleo

Para la expansión mundial de la influencia china, Venezuela era su base principal de proyección hacia Latinoamérica, pero desde el punto de vista del suministro energético la herida de la coacción a Caracas no era tan crítica y determinante para el gigante oriental: aunque Pekín es el mayor comprador de petróleo del país caribeño —unos tres cuartos de las exportaciones venezolanas de crudo, hasta 2025, las asumía Pekín—, para el gigante asiático eso sólo suponía un 4,5 % de sus importaciones.

En el caso de Irán, aunque las grandes petroleras estatales chinas ya habían ido dejando de importar crudo iraní desde 2018, cuando empezaron a apretar las sanciones del primer gobierno de Trump contra Teherán, las mucho menores pero considerables refinerías independientes de China, concentradas en la costera provincia oriental de Shandong, generaron durante todos estos años suficiente demanda como para que, a pesar de todo, las importaciones chinas supusieran el 80% del crudo iraní exportado al mundo en 2025.

Para esconder su relación con ambos países, hace años que China camufla en sus estadísticas gran parte de sus importaciones petroleras venezolanas e iraníes, sobre todo, bajo la bandera de Malasia.

El de Kuala Lumpur funciona así para Pekín como un país intermediario, en cuyas aguas lleva a cabo, para legalizar ese proceso, numerosas transferencias de petróleo hacia buques diferentes, gracias a lo cual Malasia fue estadísticamente su tercer mayor suministrador internacional de crudo (con un 11% del total importado por China, sólo por detrás de Rusia y Arabia Saudí), aunque con un volumen de petróleo (1,3 millones de barriles diarios en 2025) que en la práctica duplica la producción total del país surasiático del año pasado, que equivale a una cifra ligeramente superior al medio millón de barriles diarios.

Y ahora, en lo que va de 2026, aunque el secuestro de Maduro ha puesto en vilo la relación privilegiada de China con Venezuela –su famosa asociación estratégica a todo tiempo y en toda prueba–, en la práctica las refinerías chinas han podido seguir adquiriendo petróleo venezolano bajo autorización de Trump, ya a precio de mercado. Eso sí, el resultado ha sido una caída espectacular de las exportaciones venezolanas a Asia (de un 67% interanual en enero, con un volumen total de ventas al mercado mundial un 19% por debajo de enero de 2025).

Con esto, para China el país caribeño ha pasado de ser una ganga energética a convertirse, de la noche a la mañana, en un proveedor más (cuyo crudo, de hecho, es de una densidad considerable y requiere refinerías especializadas), aunque eso no es nada comparado con lo que puede suponerle la guerra en Irán, que tiene muchas posibilidades de marcar un antes y un después no sólo en la geopolítica de Oriente Medio, sino en las relaciones de China con toda la región.

Nuevas cifras, de la consultora de estudios de mercado Kpler, publicadas el lunes, difieren ligeramente (por ejemplo, fijan el crudo absorbido por China en un 55,1% de las exportaciones totales de Venezuela y en nada menos que un 87,2% de las de Irán), pero establecen que ambos países sancionados –y ahora atacados–, proveyeron, sólo entre los dos, el 17% de todo el petróleo importado por China el año pasado. Y lo que es aún más revelador del impacto que el conflicto actual puede tener para el gigante asiático —además de para el resto de su continente, especialmente dependiente del petróleo del golfo Pérsico—: se calcula que Pekín compró el año pasado en la región el equivalente a unos cinco millones de barriles de petróleo diarios (1,4 millones de Irán y el resto de Arabia Saudí, Iraq, Omán, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, por ese orden). Dada la situación actual, que este ritmo pueda repetirse a corto plazo queda más que en entredicho.

Cerca de la mitad de las importaciones de crudo de China, y el 40% de las de gas, pasan por el estrecho de Ormuz, y los oleoductos existentes para evitar esa ruta ni darían abasto ni presentan una alternativa útil para China. Y no sería extraño, además, que los planes a largo plazo de EEUU para la región, cuando tenga instalado, al frente de un Teherán debilitado, a un gobierno más afín a sus intereses sobre el golfo, pasen por reconfigurar el mercado de petróleo y consolidar la construcción del viejo proyecto de oleoducto, concebido hace una década y media, entre Irán, Iraq y Siria, el llamado “conducto islámico”, que permitiría transportar el óleo iraní (y en parte también qatarí) directamente hacia el Mediterráneo, en competencia con la línea “Nabucco” (de Azerbayán hacia Europa).

El entonces presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, bromea tomando una postura pugilística mientras conversa con uno de sus asesores, tras concluir su rueda de prensa por el Día de la República Islámica de Irán en la Exposición Universal de Shanghai 2010, en Shanghai (China), el 11 de junio de 2010. [EFE/José Álvarez Díaz]

Ormuz como rehén: una defensa existencial contra la amenaza existencial para Irán

Al igual que el programa nuclear iraní, nunca culminado como opción militar, la amenaza de secuestrar el estrecho de Ormuz y provocar así terremotos económicos planetarios, al cortar buena parte del tráfico petrolero mundial, siempre ha estado sobre la mesa, para Irán, como una medida de seguridad de último recurso, una especie de defensa existencial a la desesperada para la amenaza existencial que, desde 1979, siempre ha percibido de Israel y de los EEUU. Esa tensión se profundizó especialmente en las últimas dos décadas, desde el gobierno del ex presidente iraní Mahmud Ahmadineyad (entre 2005 y 2013), recordado por sus posturas duras y desafiantes hacia occidente, hasta el punto de negar el Holocausto judío e impulsar los esfuerzos de su país por dotarse de armas nucleares como disuasión ante posibles injerencias externas a la gestión islamista del régimen de los ayatolás.

Hace 20 años, el 16 de junio de 2006, tuve ocasión de preguntarle yo mismo a Ahmadineyad por la posibilidad de que en algún momento Israel decidiera hacer una ataque preventivo a instalaciones nucleares iraníes, como ya había hecho contra Iraq en el pasado. Le pregunté, en concreto, qué pasaría si la abierta inquietud israelí ante el programa de enriquecimiento de uranio que estaba llevando a cabo Irán, en principio civil pero con posible aplicación militar, acababa empujando a Tel Aviv a lanzar un ataque como el que desató, con interceptores F-15 y cazas F-16, contra el reactor nuclear iraquí de Osirak, en las afueras de Bagdad, el 7 de junio de 1981. Aquel día, hace ya casi medio siglo, el gobierno israelí de Menachem Begin aseguró que aquel reactor, de 70 megavatios, era una amenaza para la existencia de su país, ya que “las bombas atómicas que ese reactor era capaz de producir, ya fuera a partir de uranio o de plutonio, serían del tamaño de la de Hiroshima, así que se ha estado forjando progresivamente un peligro mortal para el pueblo de Israel”.

Un cuarto de siglo después, Ahmadineyad escuchó la traducción de mi pregunta con una sonrisa de confianza y, tras una pequeña pausa, sentenció su lapidaria respuesta: “La República Islámica de Irán ha desarrollado la capacidad de defenderse a sí misma”. Nada más. Y nada menos. En aquella misma rueda de prensa en un hotel de Lujiazui, el futurista barrio financiero del distrito shanghainés de Pudong, donde su país participaba como observador en la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS, una incipiente alianza militar y económica euroasiática, impulsada por China y por Rusia, de la que Irán hoy es miembro desde 2023), Ahmadineyad aseguró también que todo el problema en torno a su programa nuclear estaba en la percepción de Occidente, y que las amenazas sobre las sanciones que ya recibía entonces el gobierno persa “no deberían ser usadas para humillar e imponer su visión a otros países del mundo”.

El entonces presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, durante su rueda de prensa en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), en el Hotel Shangri-La de Pudong, en Shanghai (China), el 16 de junio de 2006. [EFE/José Álvarez Díaz]

Elocuente y provocador, añadió que EEUU era el único país en haber utilizado bombas nucleares contra la población civil, y que “es responsabilidad de todos cambiar el discurso mundial basado en la intimidación”. Si los países occidentales “cambiasen su comportamiento” hacia otros países, “muchas cosas mejorarían” en el orden mundial y se evitarían “problemas innecesarios”, dijo entonces, y en ese sentido, recalcó: “déjenme recordar que aquel que crea problemas a los demás es el primero en verse en problemas”. En su opinión, según señaló hace ahora casi veinte años, lo que debería estar discutiendo la comunidad internacional es “por qué unos países quieren imponer su visión a otros”, y añadió que más le valdría a occidente basar su política exterior en un “retorno a la justicia y a los valores espirituales”. Desde su punto de vista, la postura desafiante de Irán tenía una explicación sencilla: “no queremos que estos países vuelvan a hacernos sufrir como en el pasado”.

En aquel momento los países del llamado 5+1 (EEUU, China, Rusia, Francia y Reino Unido, es decir, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania) le ofrecían a Irán acceso a la tecnología civil nuclear más avanzada, garantías de seguridad y ventajas económicas a cambio de que cesase el enriquecimiento de Uranio.

Volví a cubrir a Ahmadineyad en China en 2010, cuando le tomé una fotografía legendaria para mí, en el instante en que lo vi imitando de buen humor a un púgil mientras conversaba con uno de sus asesores. Para entonces Irán ya estaba recibiendo sanciones de la ONU que, en su opinión, carecían de “valor legal”, ya que los miembros permanentes que habían tomado la decisión eran todas potencias nucleares y pretendían, según él, acaparar la energía nuclear bajo su control, a pesar de que China y Rusia ya se contaban entre sus habituales aliados. “El Consejo de Seguridad no pertenece a las naciones, su estructura no es democrática”, denunciaba, y sus miembros “quieren monopolizar la energía nuclear, así que usan cualquier excusa para evitar que otros la desarrollen”.

Casi seis años después, en 2015, cubrí a su sucesor en la presidencia iraní, Hasán Rohaní, con un discurso más moderado y diplomático hacia occidente, con cuyas principales potencias había cerrado pocos meses antes un acuerdo histórico para que Irán renunciase a desarrollar o comprar armas nucleares. Menos de dos años después, Donald Trump alcanzó la Casa Blanca y, en 2017, anuló el acuerdo. Y ahora, una década más tarde, en sus segundo mandato, Trump está usando de nuevo el argumento de una presunta amenaza inminente de Irán contra EEUU para justificar, junto a Israel, sus ataques actuales, a pesar de que hace unos días se revelaba que la inteligencia estadounidense estimaba públicamente que, para Irán, un misil balístico intercontinental (con el que alcanzar teóricamente los EEUU), “si Teherán decidiera perseguir esa capacidad” militar, sólo podría estar a su alcance hacia 2035.

Un misil balístico de alcance regional es transportado ante un podio lleno de oficiales iraníes, durante el desfile por el día del Ejército de la República Islámica de Irán, en Teherán, el 18 de abril de 2015; en el panel que enmarca la escena destaca el retrato del líder supremo de Irán, el Ayatolá Alí Jameneí. Arriba, bajo la bandera iraní, se puede leer en persa “Dios ama a quienes matan por la paz”, y justo debajo, sobre las banderas, inscrito en amarillo, “El Ejército de la República Islámica de Irán es el ejército de Alá y el defensor de la religión, la espiritualidad y los radiantes valores humanos”[MNA/Mohammad Reza Abbasi]

EEUU e Israel atacaron porque Irán está debilitado

A todas luces, en un alarde conjunto de desprecio por la legislación internacional y de apuesta por los hechos consumados a través de la fuerza bruta, Israel y EEUU están atacando a Irán, sencillamente, porque pueden, aprovechando el momento de mayor debilidad económica, política y militar en los 47 años de gobierno de la revolución islamista iraní.

Diezmado por años de sanciones económicas; sacudido por un descontento popular muy intenso y profundo, tras las recientes masacres de manifestantes, en enero pasado, cuya represión se estima que dejó cerca de 30.000 civiles asesinados por las autoridades iraníes en todo el país; aislado internacionalmente, con sus guerrillas aliadas debilitadas por Israel en Palestina (Hamás) y Líbano (Hezbollah) y acosadas en por Arabia Saudí en Yemen (las milicias hutíes de Ansar Allah); y con sus principales protectores internacionales empantanados en la guerra de Ucrania (en el caso de Rusia) y en una serie de purgas internas en la cúpula militar que dejan entrever un momento de rara incertidumbre perceptible, desde el exterior, en el seno del poder estatal (en el caso de China)… la soledad y excepcional debilidad actual de Irán estaban siendo cada vez más patentes desde todos los puntos de vista.

El país ya había sufrido 12 días de bombardeos israelíes y estadounidenses contra instalaciones nucleares y militares en junio pasado —que dejaron al menos 610 muertos en Irán y una treintena en Israel—, y aunque China, desde entonces, había proporcionado material defensivo y antiaéreo adicional a Irán, en la práctica el régimen no podría haber hecho nada para evitar los ataques que está padeciendo.

De hecho, en los últimos días previos a la contienda, incluso, se estaba ultimando la venta de misiles supersónicos anti-buque chinos, con los que Teherán podría haber llegado a neutralizar más adelante, de manera prácticamente imparable, incluso a un portaaviones estadounidense protegido por su grupo de combate. No dio tiempo a nada de eso. Los ataques norteamericanos e israelíes se desataron, a partir del pasado sábado, 28 de febrero, desde luego mucho antes de que la potencia militar persa estuviera en condiciones de hacer frente al abrumador despliegue aeronaval estadounidense que se había estado acumulando a su alrededor en las últimas semanas.

La actitud desafiante y altiva con que recuerdo a Ahmadineyad —que murió probablemente este sábado, asesinado por los bombardeos israelíes sobre su residencia, al igual que ocurrió con el ayatolá Alí Jameneí y con las principales alternativas que imaginaba el equipo de Trump para imitar en Irán el papel de Delcy Rodríguez en Venezuela y sucederlo al frente del país—, es algo que resume también el comportamiento actual del régimen iraní.

En la práctica se ha convertido en una red de poder capaz de matar a 30.000 de sus propios ciudadanos en cuestión de días, por cuestionar la asfixiante situación económica del país, su gestión represiva de los derechos y la vida de los iraníes y su intolerancia religiosa; y se ha vuelto una elite totalitaria capaz también, ahora, al verse acorralada, de apostar por la estrategia aparentemente suicida de morir matando, y de dirigir, así, drones explosivos y misiles contra todos sus vecinos del golfo Pérsico, no sólo contra las bases americanas (sobre todo la base naval de Tumeric, en Omán, vital para impedir el cierre del estrecho de Ormuz), sino igualmente contra sus infraestructuras energéticas (y posiblemente, más adelante, lo haga con sus desalinizadoras), así como abiertamente contra zonas civiles, con impactos en zonas emblemáticas del turismo mundial, como la torre Burj Khalifa de Dubai o los rascacielos de Doha o Abu Dhabi, ataques con un fuerte deterioro potencial en la sensación de seguridad y en la propia imagen comercial de toda la región. Si la guerra se alarga por el camino que ya está tomando ahora, sin embargo, eso podría ser lo de menos.

La respuesta de Irán, una estrategia de supervivencia a la desesperada

Tal vez haya una estrategia de supervivencia, bastante extrema, detrás de la aparente venganza indiscriminada y desatada contra todos a la vez que está lanzando Irán: una estrategia centrada en la resiliencia, en soportar semanas o meses de bombardeos mientras se debilita de raíz a todos los países de la zona, en un pulso para hacer daño a EEUU a través de la economía del mundo antes de que sus enemigos consigan desarmarlos, y un combate asimétrico desigual ante los bombardeos masivos, en el que basta esconderse y acertar con un solo dron para inutilizar una refinería o una central eléctrica. Un pulso contra la economía mundial, entonces, para el que, a corto plazo, EEUU está de entrada algo mejor posicionado para resistir (con Venezuela y sus propias reservas petrolíferas bajo control), que China o, en general, Europa, Asia y África, pero que a largo plazo puede acabar como lo hicieron los “12 días” de bombardeos de junio pasado: con israelíes y americanos abandonando dando por terminada la guerra cuando les empiece a escasear la munición, y un Irán que vuelva a resistir todo lo que le echen encima, una vez más sin que eso llegue a provocar un cambio de régimen. De ocurrir eso, el régimen de la Revolución Islámica podría verse fortalecido tras esta guerra, por su capacidad demostrada de hacer daño al mundo —para que nadie se atreva a intentarlo de nuevo— y por su propia supervivencia, desde luego, ante la mayor potencia militar de la Historia.

Por el momento, el rechazo unánime de todos los países del golfo Pérsico a la venganza indiscriminada de Irán contra todos sus vecinos es comprensible, al igual que lo son las enérgicas protestas de Pekín tras el “flagrante asesinato de un líder soberano” mediante bombardeos “descarados” e “inaceptables”, según su ministro de exteriores, Wang Yi. Sin embargo, ante una situación de amenaza existencial, la respuesta iraní está siendo tan máxima y desesperada como parece ser posible al régimen de Teherán, que está viendo amenazada, tal vez como nunca desde 1979, su propia supervivencia.

Después de todo, no es tan difícil asfixiar el estrecho de Ormuz, por el que pasa la quinta parte del tráfico mundial de hidrocarburos, e Irán ya se ha mostrado más que dispuesto a conseguirlo con artillería, drones, cazabombarderos y, como probablemente veremos en los próximos días y ya ocurrió en los años ochenta, con el recurso a minas marinas, una situación que Teherán podría estar en condiciones de mantener durante meses, y a la que EEUU, con Venezuela además bajo su influencia, está relativamente inmune, en el más corto plazo, en comparación con el resto del mundo.

Gane quien gane, por ahora China está en jaque

Lo que ocurra en las próximas semanas en el estrecho, que apenas tiene 167 km. de largo, y un ancho que varía entre los 97 km. y los 39 km., puede marcar un antes y un después en la región y dejar especialmente tocada a China, rival sistémico de Washington que, en medio de otros factores que explican hasta cierto punto la ilegítima agresividad internacional de los EEUU de Trump en lo que va de año, parece estar teniendo que resignarse a asistir con impotencia a una conjunción de drásticas acciones militares sin escrúpulos ni contemplaciones, pero que tienen en el fondo, como constante, siempre esos dos factores en común: el petróleo… y China.

Todo esto servido con toda la contención de la influencia geoestratégica, comercial e incluso militar del gigante asiático que ambos ataques suponen, y lo que tal vez es más serio: como un freno radical a la alternativa que Pekín estaba suponiendo a la supremacía del dólar como divisa indiscutible para el comercio internacional, una condición sobre la que se apoyan, en realidad, la propia deuda y toda la economía estadounidense.

Cuando el euro se convirtió en una amenaza seria para el dólar, la especulación financiera desatada desde EEUU provocó en 2008 una crisis financiera de la que Washington se recuperó mucho mejor que UE de la resultante crisis de la Eurozona. Y en los últimos años, probablemente, las ingeniosas maniobras comerciales de Pekín, con sus condiciones de financiación sin competencia posible, sus pagos con posibilidad de ser denominados en yuanes y sus condonaciones de fragmentos de deuda por envíos de crudo desde países amigos como Venezuela e Irán o Rusia, no estaban haciendo ninguna gracia en EEUU. Hay muchos otros factores en juego, sin duda, pero también es seguro que en Zhongnanhai —donde acaban de rebajar sus previsiones de crecimiento económico ante la incertidumbre actual— el liderazgo chino y sus numerosos organismos asesores estatales están tomando, bastante preocupados y con absoluta atención, muy buena nota de cómo se ha desatado y cómo evoluciona ahora todo esto.

Soldados con uniforme de gala de la policía armada del Ejército Popular de Liberación chino (EPL) izan la bandera de la República Islámica de Irán como comienzo ceremonial del Día de Irán en la Exposición Universal de Shanghai 2010, en Shanghai (China), el 11 de junio de 2010. [EFE/José Álvarez Díaz]

José Álvarez Díaz es periodista, especialista universitario en Información Internacional y Países del Sur y antiguo corresponsal de la Agencia EFE en Shanghai (China), donde abrió y encabezó la primera oficina de agencia informativa en español de la capital económica del gigante asiático entre 2004 y 2016.

[Publicado originalmente en Corresponsal en la Luna]

José Álvarez Díaz

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